Mi novio murió hace un año y yo he vuelto a enamorarme, ¿soy un monstruo?


Podréis juzgarme todo cuanto queráis, pero nunca alcanzaréis a sentir el horror que yo sentí al ver el cuerpo de la persona que más habéis amado sin cabeza.
Es una imagen que no se borra de mi mente.
Es un castigo que sólo he podido superar haciendo borrón y cuentanueva en mi corazón.
La cosa fue así.
Luis, que por muy bueno y sencillo que fuera tenía espíritu temerario, salió a dar una vuelta con su moto.
Eso le relajaba: la sensación de velocidad, la tensión por el peligro, el aire contra su cuerpo penetrando en una noche de asfalto y luces.
La única ventaja de vivir a las afueras era esa.
En la ciudad, él se agobiaba. Era incapaz de salir a hacer deporte por la montaña o de subirse a su diablo negro a tentar a la suerte.
Un día tentó a la suerte, tanto, que cuando la policía lo encontró, su cuerpo apareció a varios metros de la moto, completamente magullado y decapitado.
Esa noche habíamos tenido una tremenda discusión acerca de nuestro modo de vida.
Yo echaba de menos la ciudad, echaba de menos a mis amigos, y mi sentimiento de soledad en aquel pueblo al que nos habíamos mudado era tan grande que mi mente se había cegado con ideas impropias de mí, como por ejemplo la de tener niños.
Cuando ocho años atrás Luis y yo decidimos comenzar nuestra historia, sabíamos que la idea de un bebé no entraba en nuestros planes.
Él siempre ha sido muy independiente, muy solitario.
Podría decir que no le gustaba demasiado la gente, y que mi presencia era de las pocas que soportaba.
Supongo que por eso prefería que estuviéramos solos, que nos mudáramos a las afueras y que dedicáramos nuestra vida a cultivar nuestra relación y nuestras respectivas carreras, sin distracciones.
Así que cuando le eché en cara que por su culpa nunca sería madre y que acabaría podrida en aquella casa en el fin del mundo, dejó la cerveza que estaba tomando, se puso el casco plateado y dio un portazo.
Puedo imaginarme su furia.
Puedo imaginarme a Luis tomando velocidad, llamándome puta o culpándome en el interior de esa cabecita que minutos más tarde se separaría de su cuerpo tras el choque.
Puedo escuchar el latido de su corazón acelerando, y su grito de sorpresa o de dolor al chocar con aquel enorme ciervo.
Puedo oler, todavía, el amasijo de entrañas de animal y de humano entremezcladas en el arcén cuando la ambulancia y la policía llegaron hasta el desastroso lugar del siniestro.
No me siento culpable.
Y sin embargo no puedo arrancarme de la piel este sentimiento de impotencia.
Realmente, yo nunca había deseado niños.
Lo único que quería era un poco de comprensión.
Un poco de cariño, por su parte: yo había abandonado todo lo que me importaba porque, en realidad, lo que más me preocupaba era su felicidad.
Ha pasado un año desde la muerte de Luis.
Los papeles para arreglarlo todo han sido interminables, su familia me odia.
Conseguí vender la casa.
Conseguí volver a la ciudad y regresar a mi antiguo puesto de trabajo.
Conseguí no engancharme a ninguna clase de antidepresivo.
Hoy las cosas han cambiado mucho, como veis.
De hecho, han cambiado tanto que estoy enamorada de nuevo.
Hace un año y tres meses desde que mi novio se marchó, y yo he conseguido rehacer completamente mi vida y encontrar al hombre con quien quiero compartirla.
Algunos amigos han dejado de hablarme por esto.
Algunos familiares no entienden que todo haya podido cambiar tan rápido.
Creo que se piensan que soy frívola, que me he olvidado de Luis demasiado pronto, y que soy una egoísta por haberme puesto a pensar en otra cosa, en vez de guardar el eterno y pesado luto que aún todos le guardan.
No soy un monstruo.
Soy realista.
No estoy faltando al respeto al amor de mi vida.
Estoy curando el dolor con una nueva persona que ha sabido entenderme.
No estoy loca.
Sólo procuro irme cada día a la cama con un pensamiento puro y luminoso en la mente, y no con una imagen sangrienta, con una fotografía de un cuerpo al que antaño amé y que ahora no es más que ceniza en el mar.
Qué sabréis vosotros del amor.
Y qué sabré yo.
Únicamente me queda un pensamiento, y es al que me aferro:
La vida sigue

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